miércoles, 19 de noviembre de 2008

Ejercitos Privados


Se han convertido en auténticos ejércitos privados, que han reverdecido con enorme vigor al calor de guerras como la de Iraq o Afganistán. Bajo el disfraz de pomposos nombres se presentan hoy numerosas empresas de seguridad al servicio, según ellas, de "misiones de paz", pero cuyas actuaciones recuerdan en algunos casos muy mucho a las de los antiguos mercenarios.


Por José Carlos Rodríguez

El ministro de trabajo ugandés, Mwesigwa Rukutana, es un hombre feliz. Al menos así lo asegura en una entrevista en el diario The Monitor del pasado 13 de marzo. ¿La causa de su alegría? “Tenemos ya 6.000 ugandeses que trabajan en compañías de seguridad en Iraq. Nos alegramos de que les sigan contratando y les traten bien, ya que reciben entre 700 y 900 dólares al mes de paga, de la que envían el 90% a sus familias”. Desde 2005, la empresa ugandesa Askar Security Services, perteneciente a la empresaria Hellen Kayonga, no ha tenido ningún problema para encontrar jóvenes de su país dispuestos a aceptar este trabajo. Muchos de ellos son antiguos soldados y otros han sido vigilantes de seguridad en su país, donde un sueldo de apenas 60 dólares al mes tiene poco atractivo. Si tenemos en cuenta que en Uganda no hay ley de salario mínimo y que para muchos jóvenes de la capital encontrar trabajo es harto difícil, no es de extrañar que las empresas de seguridad que les contratan para trabajar en Iraq se planteen incluso una baja de los salarios. Saben que los jóvenes seguirán llamando a su puerta.

Setecientos dólares al mes por jugarse la vida en Iraq no es mucho, aunque todo depende de qué país venga cada cual. Uno de los guardias de seguridad de la empresa norteamericana Blackwater puede ganar esa cantidad en un solo día en una operación de alto riesgo. Los agentes de la empresa británica Ronin Concept cobran entre 250 y 600 dólares al día. Los peruanos empleados por la también norteamericana Triple Canopy se embolsan mil dólares mensuales, una fortuna en su país.


Los peligros

En total, unos 48.000 agentes de seguridad privados trabajan hoy en Iraq para apoyar a los soldados estadounidenses, proteger a diplomáticos, o ejercer de centinelas en aeropuertos, bases logísticas, instalaciones petroleras o militares. Las 177 empresas para las que trabajan, en su mayoría norteamericanas o británicas, son en realidad verdaderos ejércitos privados, presentados bajo una imagen de compañías de seguridad profesionales que “apoyan a misiones de paz”. Al final es difícil no preguntarse si toda esta terminología no será un entramado de eufemismos para evitar el uso de la palabra “mercenarios”, término que sí usa el Consejo de Derechos Humanos de la ONU.

El pasado mes de marzo este organismo, reunido en Ginebra, alertó sobre el peligro que supone la proliferación de estas empresas en zonas de conflicto como Afganistán, Iraq y Colombia: “Cuando estos guardias son responsables solamente ante sus empleadores, la inmunidad se puede transformar fácilmente en impunidad”, afirmó el grupo de trabajo que presentó sus conclusiones ante este panel. Desde el comienzo de las guerras de Iraq y Afganistán, cientos de soldados de la coalición han sido condenados en tribunales militares por delitos que tienen que ver con abusos contra los derechos humanos. Sin embargo, los agentes de seguridad armados que trabajan para estas sociedades privadas parecen gozar de una impunidad total.

Sin lugar a dudas, la empresa de seguridad más potente en Iraq es Blackwater, que cuenta con 20.000 soldados y 20 aviones y helicópteros. El investigador Jeremy Scahill, que ha escrito sobre ellos el libro Blackwater. The Rise of the World’s Most Powerful Mercenary Army, les define como “el ejército privado más poderoso del mundo”. Su dueño es el conocido millonario Erik Prince, un influyente líder de la derecha cristiana fundamentalista que ha financiado numerosas campañas de la Administración Bush. La segunda en importancia es Ronin Concept, propiedad de John Geddes, antiguo oficial de las SAS, la unidad de élite del ejército británico. Esta empresa imparte sus clases teóricas en el Reino Unido, pero, dado que la ley británica prohíbe a los civiles el manejo de armas de fuego, la última parte del curso de preparación tiene lugar en la República Checa, cuya legislación es más laxa en esta materia.

Hace no muchos años, los “soldados de fortuna” se alquilaban al mejor postor sin tantos esfuerzos por presentarse como entidades profesionales según las líneas desarrolladas por asesores de imagen y relaciones públicas, como es el caso hoy. Desde el comienzo de la era de la independencia en África, en los años 60, miles de antiguos soldados –estadounidenses y europeos– han prestado sus servicios a Gobiernos extranjeros, movimientos rebeldes e incluso compañías comerciales. También, desde la caída del Muro de Berlín, y de forma extraoficial, un número indeterminado de personal militar cualificado procedente de países que antaño formaban parte de la Unión Soviética cobra elevados sueldos por prestar sus servicios en países africanos en conflicto, como asesores militares, pilotos, estrategas y adiestradores en toda clase de artes bélicas.


Por sus obras los conoceréis

Dentro del continente negro, el país que ha ofrecido una mayor cantera de mercenarios ha sido Sudáfrica, sobre todo desde que muchos soldados sudafricanos fueron licenciados durante el finiquito del apartheid, a finales de los años ochenta. Muchos de ellos eran militares blancos que habían servido en fuerzas de élite, pero también soldados negros –sobre todo del famoso “batallón Búfalo 32”– que habían participado en operaciones secretas contra países vecinos como Angola, Zambia y Zimbabue.

Algunos de estos antiguos soldados fueron contratados por la conocida compañía Executive Outcomes (EO), fundada por el teniente coronel Eeben Barlow en 1989 y que en apenas dos años contaba ya con 500 asesores militares y más de 3.000 efectivos bien entrenados. Según diversas fuentes, en 1994 la compañía petrolera estatal angoleña Sonangol les pagó 40 millones de dólares por expulsar a los rebeldes de UNITA de los campos petrolíferos de Soyo. Curiosamente, muchos de los sudafricanos de EO que ayudaron entonces al Gobierno de Angola habían combatido contra él durante la época del apartheid. Sus acciones fueron tan efectivas que UNITA no tuvo más remedio que aceptar un acuerdo de paz bajo presión militar. Al año siguiente, Executive Outcomes fue contratada por el Gobierno de Sierra Leona. En pocas semanas barrieron a los rebeldes del Frente Revolucionario Unido (RUF, en siglas inglesas) de la capital, Freetown, y lograron el control de las minas de diamantes. Este mismo Gobierno utilizó también los servicios de la compañía británica de seguridad Sandline, uno de los ejércitos privados que intenta despojarse de la vieja imagen de los mercenarios. “Somos una entidad establecida, con un código de principios, y empleamos sólo a profesionales”, dice su relaciones públicas Michael Grunberg.

Executive Outcomes fue oficialmente disuelta en 1999, cuando el Gobierno sudafricano publicó una legislación que declaró ilegales las actividades de fuerzas mercenarias. Sin embargo, uno de sus socios fundadores, Simon Mann –antiguo oficial británico y que trabajó también para la Sandline– volvió a salir a la luz pública en 2004, al ser detenido junto con otros 68 mercenarios en Zimbabue el 7 de marzo de aquel año. Acababan de aterrizar en el aeropuerto de Harare procedentes de Sudáfrica, y fueron cogidos in fraganti cuando estaban cargando armas antes de continuar su vuelo a Guinea Ecuatorial. Tras ser extraditados a este país, allí se enfrentaron a cargos de haber preparado un golpe de Estado contra el presidente Teodoro Obiang Nguema. El caso tuvo una gran cobertura mediádica, sobre todo cuando Simon Mann, desde la cárcel de Black Beach en Malabo, ofreció una entrevista al canal de televisión inglés Channel 4, en la que confirmó la participación de Mark Thatcher (hijo de la ex primera ministra inglesa Margaret Thatcher) y del millonario inglés (de origen libanés) Ely Calil. Según Mann, el intento de golpe –conocido como “Operación Caballo de Troya”– tenía como objetivo controlar los recursos petroleros de Guinea Ecuatorial e instalar en la Presidencia al líder opositor exiliado en España, Severo Moto, y habría contado también con el beneplácito de los Gobiernos de España y Sudáfrica, que se apresuraron a negar su participación.

Otro país africano que no ha tenido reparos en usar compañías de mercenarios es Costa de Marfil. En abril de 2003 el secretario británico de Exteriores, Jack Straw, mostró su preocupación por informes que señalaban a la Northbridge Services Group como responsable del reclutamiento de antiguos soldados para combatir en la guerra civil que ha asolado este país durante los últimos años. La compañía británica de seguridad negó que estuviera involucrada. Tras la firma del acuerdo de paz de Uagadugu entre el presidente Gbagbo y el antiguo líder rebelde Guillaume Soro, Costa de Marfil ha firmado un contrato de 100 millones de euros con la empresa francesa Sagem Securité, para hacerse cargo de la seguridad durante las próximas elecciones presidenciales.

Miles de ex soldados, en muchas partes del mundo, no tienen ningún inconveniente en trabajar como mercenarios. Asimismo, un buen número de países inestables e inseguros –además de diplomáticos y empresas que trabajan en ellos– están dispuestos a pagar grandes cantidades de dinero a ejércitos privados que les garanticen mejores resultados que sus propias fuerzas armadas. Una oportunidad así no hay que dejarla escapar. Quizás por esta razón en años recientes se ha formado un poderoso lobby conocido como International Peace Operations Association, formado por nueve compañías militares, que lleva a cabo una campaña de presión ante Gobiernos occidentales y africanos, así como ante agencias de la ONU y la Unión Africana, para presentar a las compañías militares privadas como las mejor preparadas para “sostener los esfuerzos de paz de la comunidad internacional”, una expresión que sin duda suena mejor que la vieja jerga de los mercenarios que se venden al mejor postor o matan por dinero. En algunos casos han tenido éxito. El Gobierno norteamericano, por ejemplo, permitió que la compañía Military Professional Resources, cuyos empleados son antiguos soldados estadounidenses, se ocupara del adiestramiento del ejército croata al término de la guerra de los Balcanes. Esta misma empresa ha estado también en trámites de obtener la licencia para entrenar al ejército de Guinea Ecuatorial.

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